

Que trata de por qué dejar entreabierto el tercer cajón, de cómo ser más feliz y de otros casos que recordar sí quiero


Cuenta atrás. Prisas y nervios. Esqueletos de mesas abriéndose camino por las callejuelas de Zamora un Martes de Carnaval que al llegar a una nave de un polígono industrial de Salamanca ya se llaman armazones de carrozas en vigilia de Miércoles de Ceniza. Caperuces apuntando al cielo como apuntan al cielo los capuchones. Reuniones de última hora (eso siempre) e improvisaciones por doquier (ah, la tradición). Palabras y obras. Cuaresma teórica y casi anti-Cuaresma práctica. Apenas silencio. Demasiado ruido, también de sables. Placer perdido, que se escurre entre los dedos. La Semana Santa. Otra Semana Santa. Los otros. Nosotros.
Chocolate con churros. Ch & Ch. La tantas veces desterrada: A, B, C, D, E... Pero
Negro y amarillos. Líquido y sólidos. Cacao con azúcar y frutas de sartén. Ch & Ch. Inseparables, como Mauri y Maguregui, como Timoteo y Tito.
Me saben a mañanas en que amanezco entre las dos rayas. Lo que llamo volapié termina siendo siempre estocada al encuentro. Al encuentro con el churro achocolatado de la madrugada y del capricho, que me visita en la cama para cumplir la tradición. Me saben a
Es como si el frío llamase a la puerta, no le abrieran, viese una rendija y decidiera no colarse por ella. O como si el frío se hubiera puesto una venda en los ojos para no ver rendijas por donde tener la tentación de colarse. O como si no hubiese puerta a la que llamar, o los nudillos se hubieran desgastado de tanta impaciencia, de tanta obediencia, ahogados por tanta soledad... Y se hubiera agotado la voz, consumida hasta la afonía, quebrada y rota hasta el silencio.
oesía de barros y noches, de esquinas para el adiós y escritos en la piel. Manos obreras las suyas. Manos amigas que siempre gustaré de hacer una sola cosa con las mías. Para saberlas próximas al filo de medianoche, de una medianocha amarga en que escuchar era acariciar. Para chocarlas celebrando ese gol azul que después será ingrediente de su ansiada crónica futbolera y semilla de victoria. Para que rubriquen mis palabras como yo firmo debajo de las suyas. Concordes y unánimes. Todos por igual fabricando las flores más hermosas para el día de su regreso, cuando haremos fiesta en la Fábrica.
Reino Plantae. División Ginkgophyta. Clase Gingkoopsida. Orden Ginkgoales. Familia Ginkgoaceae. Género Ginkgo. Especie G. biloba. La taxonomía pone de manifiesto lo solo en el mundo que se encuentra este árbol, sin parientes conocidos. Los Magos se lo echaron a papá y esta tarde fuimos a abrir el regalo, que por razones obvias no amaneció en el salón de casa el día 6. Sabias que son Sus Majestades.
decidido que la mejor respuesta al odio es el amor, a la muerte seguir viviendo, solo en el mundo pero libre. De pie. Aunque se necesiten tutores y primeras aguas. Todos los necesitamos. Todos necesitamos fábricas de sueños edificadas al lado de las fábricas de flores, de la frondosidad de las mentes humanas, a veces tan silvestres, y no pocas tan desconcertantes. Bosques tan tupidos que nos duelen, nos pierden. Bosques que nos impiden ver el árbol, el sueño, la flor. Troncos con dos ramas más otra que suman tres: ¡no es tiempo de poda! Es tiempo de belleza en el campo, de copas vacías para llenarlas de primavera. Para seguir salvando el mundo a estas horas de la noche. ¡Y contarlo!
Parecía que no iba a llegar y ya es agua pasada la D de día esperado. Cosa de ayer. Una razón nueva que fortalece la idea de que todo pasa y todo queda. Y lo mío, lo nuestro de Rafa, de Mercedes, de tantos otros, ha sido pasar el trance de ese 19-E marcado meses atrás en el calendario con tinta todavía lejana: ¿MIR? ¡Paso palabra! Siempre había motivos para alargar el descafeinado con pincho de tortilla (con o sin pimiento) en Caballerizas cada mañana, para eternizar el paseo por el claustro barroco de la Ponti cada tarde, y quizá cruzarme con Alberto por enésima vez. Quedaba lejos el 19-E y ahora me queda tan lejos que, siendo cercano, es pasado. Hace escasas horas me afanaba con el tratamiento de las infecciones, con esa cardiología a la que eché pocos vistazos, con las preguntas de estadística que ante todo me hicieron preguntarme por qué la T de Student o la F de Snedecor se interponen entre mis paciente
s y yo. Hasta 260 casos por resolver, y aún queda la pregunta 261, la de la elección de plaza, cuando abril ya apunte a mayo. Aunque a ésa ya sé qué respuesta quiero darle. Han sido cinco horas sin Mario, pero con una marejada que más bien parecía mar gruesa. Todo pasa y todo queda. Cinco horas para ir pidiendo al palco el pañuelo blanco del cambio de tercio. La música de clarines y timbales nos suena a todos a gloria bendita de relajaciones y alivios, aunque no hayan sido éstos los peores meses de nuestras vidas, ni muchísimo menos. Han servido para hacer la peña del Fondo Sur en las clases del Colegio de Médicos, para que los miércoles ganen una adepta y las campurrianas de madrugada un invitado, para que las ermitas se llenen de inquilinos (mucha niña mona pero ninguna sola) y las noches se vacíen de soledad. Todo pasa y todo queda. Pasó el 19-E y me queda la palabra oportuna, que es tan suya como mía, y además fue la primera: tras mi tempestad, su calma. Me guardo también la tradicional estación en el Avelino para comentar la jugada, los consejos que nos da Esculapio y un regalo en forma de sueño fabricado al calor de la amistad. Todo pasa y todo queda. Pido el cambio de tercio pero conservo como oro en paño este 19-E en que me he sentido tan querido. Llamadas, mensajes, correos... como si fuera mi cumpleaños. Oraciones y velas encendidas. Buenos deseos revoloteando por el aula 3, la Sisinio de Castro, y es que esta tarde jugábamos en casa. Y en casa me dejaron. A la misma puerta. Llamando a la puerta de las vacaciones.
Mucho se ha escrito en los últimos meses acerca de la inexistente letra del Himno Nacional, puesto que desde el Comité Olímpico Español se han propuesto llenar este vacío. Al parecer por iniciativa de algunos deportistas que ven cómo sus triunfos no pueden ser cantados cuando suena el Himno en su honor. Y si quedan segundos, el campeón húngaro, brasileño o australiano sí puede bisbisear o desgañitarse tomando por texto la canción nacional. Multitudinario concurso de ideas, jurado y tenor dispuestos, políticos pillados en fuera de juego... Ingredientes para que el 21 se presente la letra elegida, que imagino después será sometida al criterio de las Cortes. Si comienza a gozar del cariño popular ya se habrá hecho una sola cosa con la hermosa Marcha de Granaderos. Lo dudo, pero a mí no me resulta una necesidad, y menos si el argumento nace y muere en las ceremonias deportivas, que tienen su propia liturgia. Las victorias españolas siempre han sido de versión instrumental, más solemnes, más victorias. Como los izados de bandera. ABC adelanta el texto escogido. Se da un aire al de Pemán en algunos fragmentos: ¡Viva España!, cantemos todos juntos con distinta voz y un solo corazón... La Patria sabe en los dos, entonces seguir sobre el azul del mar el caminar del sol, y ahora abrazar bajo su cielo azul pueblos en libertad. Habla de verdes valles, de inmenso mar, de un himno de hermandad. Muy asonante. El 21 veremos si la primicia de ABC se confirma.
Se puede distinguir entre personas que utilizan agenda y personas que no la utilizan, porque no la necesitan o no aceptan que la necesitan. Yo no sé si la necesito (algunos dirían que sí, otros ya no dicen nada) pero pertenezco al primer grupo. Claro que no todos somos iguales dentro de la gran tribu formada por quienes usamos agenda. Ni mucho menos. Por una parte están los de la PDA y por otra estamos los del Papel De Apuntar. En otra clasificación, los hay que usan agenda de curso académico, agenda escolar, de septiembre a... junio. Y tienen un problema considerable. Porque julio y agosto cuentan con páginas pero, ¿quién es capaz de anotar nada concluido el curso? Yo pertenecí a ese atajo de personas en apuros un par de años, cuando me dio por garabatear la agenda universitaria, de septiembre a agosto. Ya no. Ya soy un usuario más de agenda anual, del 1 de enero al 31 de diciembre. Con sus correspondientes diecinueve días y quinientas noches. Y una de ellas, la de los Magos, la de la emoción, la del espectáculo, la de siempre, la clásica, la única, la veterana, la del sonido inconfundible de camellos surcando los cielos, es cuando me llega la agenda y se detiene junto a mis abrillantados zapatos en el salón. Más o menos ocurre así. Con lo cual, del 1 al 5 de enero yo no tengo agenda pero mis días sí. Y la tarde del 6 hago memoria y los pongo por escrito, vuelvo atrás en el tiempo para que esos cinco primeros días del año no se queden huérfanos de garabatos: de una hora, de un lugar, de un nombre como los otros. Entonces: Catedral, Don Perrito, Casa del SIDA, Vera Cruz. Por ejemplo. En el blanco de sus hojas y de sus ojos seré capaz de leer también incensarios y navetas, líricas jocosas, checoslovacos simpáticos, meriendas azules que acaban primero a pie de autobús salamorano y luego a pie de escaleras (siempre escaleras aunque no sean las mismas). Leeré odas desternillantes, quimioterapias extenuantes y ausencias consonantes. Leeré historias en cajas y cajas tontas sin historia. Leeré vinos blancos y empanadillas. Leeré tanto que me iré a dormir dejando a medias la carta a los Magos. Como lo saben todo dormiré tranquilo. A pierna suelta. Mientras me agencian una agenda en la que no falte ninguno de esos días que a menudo me da por nombrar. Y carbón dulce, claro.
Menos de la mitad de un día. Es decir, menos de 1/730 de año. O lo que es lo mismo, casi nada tendiendo a nada. Los relojes se ablandan, o en el peor de los casos saltan por los aires sus complicados engranajes, aunque no entiendan de carillones junto al kilómetro cero ni de canciones de Mecano. Las agujas marcan las horas torpemente, aterradas ante la muerte del 7 y el nacimiento del 8. Es el miedo al salto sin red, al paso a ciegas, a la incertidumbre disfrazada de futuro. Es en entonces que la memoria persiste y se impone la mirada atrás para inventar un inventario que suavice saltos, pasos e inquietudes.
Viajes cortos y largas despedidas. Sueños al por mayor en esta fábrica de la que todos somos entusiastas obreros. La bandera de Salamora en lo alto de mi mástil. El grado de médico en el bolsillo de mi bata para empezar a hacerlo vida y obra muy pronto. El tercer cajón en danza y en mudanza permanente, si es que se puede mudar del todo un tercer cajón. El bolígrafo siempre dispuesto para escribir cartas, muchas cartas, reservando las mayúsculas para la rúbrica en clave de mediodía, en forma de un mismo nombre con muchos días de fiesta. Notas sueltas. Temas pendientes. Apariciones estelares. Amigos y residentes donde sea, porque La Clase sigue existiendo y el charco no es tan insalvable. Los miércoles y los jueves son días cada semana más grandes. He extendido el mapa y sea cual sea el destino, me saldrán las cuentas. He mirado la hora y voy bien de tiempo... ¿no?
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, cuarenta y cinco, cuarenta y seis, cuarenta y siete...
o le advierte Régula a su hija Nieves cuando marcha a servir: "En esa casa, ver, oir y callar". Sólo queda traducir los alaridos de Rosarito, la mayor pero La Niña Chica por su pequeñez, por la fragilidad de su cuerpo enfermo pero vivo; o las miradas desconcertantes de Quirce; o los andares de Azarías, presto para orinarse sus agrietadas manos, para llamar a la milana, para contar hasta diez, once, cuarenta y cinco, cuarenta y seis...