"¿Pero vas a poner en el blog todas las cofradías que estamos viendo?", se preguntaba el guía de nuestra excursión de cuatro, a falta de dos que suman seis.
Tenía delito que a mi edad no hubiera puesto el pie en esa Castilla meridional que es Andalucía. Enmendé mi plana el pasado fin de semana, cuando tres días intensos y kilométricos en Sevilla me hicieron recuperar en cierto modo el tiempo perdido. Volveré, claro que sí. Porque tres días son casi nada. A estas horas Estela, Jesús, Álvaro y yo pensábamos en la siesta reparadora para seguir viendo recoletas capillas y grandilocuentes altares de cultos, donde las vísperas se juntan con las octavas y el humo de la cera ardiendo se confunde con el del incienso. Sevilla de naranjos, de laberintos de callejuelas y casas blancas. Sevilla de la que se ha escrito tanto. Donde todos los caminos conducen a alguna iglesia, y toda

s las iglesias tienen un azulejo, y todos los azulejos muestran un Cristo o una Virgen que a un sevillano le ha puesto en camino. Sevillanos que se arremolinan cuando en la noche vuelve
Pasión a la iglesia colegial del Salvador en sencillo y hermoso traslado. Sevillanos de alta alcurnia en los patios cofradieros del
Silencio o la
Mortaja. Sevillanos que ensayan las horas procesionales en una madrugada de invierno, y el paso es un vehículo más sin que nadie ose utilizar el claxon. Sevillanos negros del
Santo Entierro, azules de
Montserrat, encarnados de
La Lanzada, blancos de la
Amargura. El Descendimiento íntimo de la
Quinta Angustia y la elegancia sobria del
Calvario en La Magdalena. El olor de Jueves Santo elevado a la máxima potencia en el templo de la Anunciación surgido de la mixtura
Valle y
Amor. O la sencillez de todos los santos sencillos hermanándose
Los Javieres y el
Carmen Doloroso. La Eucaristía reciente en la capilla de
Los Panaderos, la que nos encontramos a los pies del
Cristo de Burgos, la que procesiona la hermandad de
La Cena, la que celebramos en la catedral trianera de Santa Ana revestida de una
Estrella de domingo, cuando la lluvia en Sevilla no es una maravilla pero en la calle Pureza sí. Sevilla de la Universidad y la Plaza de España oxigenadas por

el parque de María Luisa. Sevilla de viernes del
Gran Poder, el vecino de la
Soledad de San Lorenzo. Sevilla que pronuncia con veneración el
Dulce Nombre de Jesús y hasta la saciedad el de María, a la que llama
Macarena. Sevilla que se pone la cruz a cuestas en
Los Gitanos y se atraviesa el corazón por siete espadas en
Los Servitas. Sevilla maestrante y torera del
Baratillo, desnuda del
Despojado. Sevilla de recovecos en
Santa Cruz. Sevilla que cruza el Guadalquivir y musita en la capillita del Carmen una plegaria de adentramiento en Triana, que es otra historia. Es asombro de
La O hecho último aliento del
Cachorro y
Esperanza de los marineros por tres veces caídos. Sevilla en estado puro. Campana, Sierpes, Plaza de San Francisco. Pues mira, Jesús, al final sí he logrado acomodar en esta carrera oficial las veintinueve cofradías que vimos. Veintiocho en sus iglesias y una afirmando su fe, la nuestra, por las calles de esta ciudad que nos puso en camino, nos acogió cálida y lluviosa (habiendo cuatro azules era inevitable), nos abrió sus puertas y nos citó para la próxima, sin dejar de oler a Jueves Santo.