
Todos tenemos algún icono de infancia que nos acompaña el resto de la vida, que ya es un amigo más con el que a menudo apetece reencontrarse para cargar los depósitos de nostalgia (nunca viene mal). Ayer tarde lo hice, aunque fuese sólo en su desenlace, con
"La gran evasión" (1962), película de John Sturges que debí ver por vez primera a los siete años más o menos (tiene gracia que en internet figura el DVD como no recomendado para menores de 18). Desde entonces, la quiero. Quizá no muy bien valorada por los críticos en su tiempo, para mí es obra de auténtico culto, y una tras otra me vienen a la memoria escenas de aquellos hombres que vieron en los túneles Tom, Dick y Harry razones para la esperanza, para la paz y para la libertad.
La Luftwaffe había decidido encerrar en un campo a prueba de fugas a los más avezados escapistas entre los aviadores aliados que había ido capturando. Pero, claro, ese cóctel de talento innato norteamericano y perfección académica de la RAF (vale, me ha quedado muy propagandístico, jeje), se le atragantó a los carceleros. Era tan indigesto como el licor de patata del 4 de julio, tan trágico como el final del escocés Ives en las alambradas, tan gracioso como el agotamiento de Cavendish dirigiendo el coro, tan característico como el golpeo de la pelota de béisbol de Hilts en la "nevera", tan falso como los documentos que minuciosamente elaboraban los hombres de Blythe en las "lecciones de ornitología", tan ingenioso como la manera en que doscientos hombres ponían su granito de arena desprendiéndose de los millones de granitos de arena que originaban las excavaciones...
Cuando una noche de marzo de 1944, noche de claros de luna y alertas de ataque aéreo, Roger dio la orden de la evasión y setenta y nueve hombres recorrieron Harry, desde la estufa del barracón 104 hasta el bosque, todó había cobrado sentido. Algunos fueron unas horas libres y volvieron al campo, cincuenta murieron fusilados, tres lograron alcanzar la definitiva libertad. En la película, Danny y Willie, los artífices de las excavaciones, alcanzaron Estocolmo, como los noruegos Bergsland y Muller en la realidad; el holandés Van der Stok, caracterizado en la ficción por el australiano Sedgwick, cruzó los Pirineos gracias a los partisanos franceses y se las apañó para llegar hasta la embajada británica en Madrid.
Poned imagen y sonido a la aventura:
www.youtube.com/watch?v=oX5uG-9LVKE