
Quería escribir algo sobre el acontecimiento de alegría del próximo domingo, la beatificación de 498 mártires que dieron testimonio de su confiado amor a Cristo en España, allá por los años treinta del pasado siglo. Muertos del bando de la paz, la piedad y el perdón invocados por Azaña. Porque murieron perdonando, como mueren los verdaderos testigos del Señor Jesús, y por eso la Iglesia hoy los lleva a los altares que reflejan la inmensa Luz del Altar. Murieron pasto de un fuego ignorante, odioso y vergonzante: la llama del anticlericalismo, siempre latente, que de vez en cuando se cuela por las rendijas de esta España que ha d
ejado de ser católica (vuelvo a citar al presidente alcalaíno). Y ese fuego atizó otro no menos triste, el de la Iglesia nostálgica de los tiempos de Cristiandad, de Cruzada, del Imperio hacia Dios. Pero no. Dios marca otros rumbos, y son los que tomaron los mártires. Murieron cuando alguien vio en Cristo al enemigo y no al Salvador, y ardieron los templos, y se desterró a los jesuítas (otra vez; para la Compañía no habrá memoria histórica hecha ley), y se mandó fusilar al Sagrado Corazón, y no faltaron voluntarios para el pelotón más burdo de todas las retaguardias. Murieron de nuevo cuando alguien vio en Franco al Salvador, y los templos se llenaron a la fuerza, y se desterró a los hombres libres (otra vez; para ellos tampoco habrá justicia suficiente), y se concedió palio a quien no lo merecía, y no faltaron portadores para el honor más sacrílego de todas las liturgias. Entonces, bien está que ya no mueran más los mártires de España, que vivan para siempre en nuestro recuerdo como ya reinan con Cristo. Oportet illum regnare.
