
A estas alturas de la noche, cuando me pesan los ojos como pocas veces y, habiendo sido todo lo reparadora que puede ser una buena ducha, no me siento suficientemente reparado, creo que no culmino verdaderamente mi primera romería si no la cuento.
"Contad lo que habéis visto y oido". Diré que he visto a todo un pueblo caminando al lado de la Virgen. Que les he oido cantarle a Su Madre todas las salves posibles y alguna más. Que he olido los altares perfumados de romero, tomillo y cantueso. Que he gustado el convite de mis amigos, compartiendo la mesa. Y que he tocado hasta enarbolarlo el pendón que les pregona por los campos y las calles. Porque he visto, he creído las maravillas que, durante todo un año de vísperas, me habían anunciado. Porque he oído hasta la saciedad unas notas que la dulzaina convierte en plegaria. Porque me dieron agua, y pastas, y limonada, y pegatinas, y caramelos, y una gorra, y crema para no quemarme, y yo di lo poco que pude:
mi cansancio, que a otros descanse. Porque me llevo, desde el portalico de su casa de San Antolín, un beso en mi frente, para seguir bendiciendo su dulce nombre. El año que viene, con cinta roja al cuello si Dios quiere.