
Anoche en La Horta se sucedieron palabras de las que devuelven a uno a la Cuaresma cierta. La otra, la de las prisas, los sustos, los dimes y los diretes, es cruz de penitencia que cuesta relacionar con calles nazarenas y cultos de regla. Blanco sobre verde las leí y en la intimidad oscura del pequeño templo, a los pies de un Cristo expirante, en buena compañía, las oí. Escuché el
Perdón de la tarde, camino de las aguas bautismales, sendero de libertad:
"Ve y no peques más". La
Promesa de un Reino paradisíaco en el que todos tienen sitio:
"En verdad te digo". La
Luz pronuciada en hachones que marcan la ruta:
"El que me sigue, no andará en tinieblas". El
Amparo al pie del dolor corporal:
"Estuve enfermo y me visitasteis". El
Consuelo a una sed que ansía y espera:
"Yo soy la fuente de agua viva". La
Agonía de la consumación total, el cáliz bebido hasta los posos:
"Hágase tu voluntad". La
Buena Muerte, preludio de la mejor Vida:
"Sí, me levantaré". Palabras que no pasarán.