
Quise y pude estar en Cuatro Vientos. Y estuve allí. Fue hace cinco años ya, cuando todavía tenía veinte. Era 3 de mayo, sábado como hoy. Un sábado caluroso en la explanada del aeródromo madrileño donde Juan Pablo II, en el que se presumía su último viaje apostólico a nuestra nación, quería reunirse con
"los jóvenes de España, jóvenes llenos de sueños y esperanzas, los centinelas del mañana, el pueblo de las Bienaventuranzas, la esperanza viva de la Iglesia y del Papa". Quiso venir por última vez a rezar con nosotros y por nosotros. Habló poco y dijo mucho. Con claridad. Con seguridad. Testigo de esperanza para que diésemos confiada razón de la nuestra. Un anciano enfermo para que la juventud española alimentara con su testimonio el futuro de la humanidad entera. A los cuatro vientos la alegría de sabernos amados por Cristo, a cuya causa
"vale la pena" entregarse. Las ideas de su Evangelio, que
"no se imponen", sino que
"se proponen". Habló poco, pero dijo tanto...
Mi gorra de peregrino, cinco años después, me sigue diciendo cada día muchos nombres, que son algo más que una rúbrica o un breve mensaje. Los nombres de los jóvenes de mi parroquia, San Marcos: Jesús, Isa, Sergio, Marién... Los nombres de Elena y Laura, que son Elena Cuatro Vientos y Laura Cuatro Vientos y desde entonces azules convencidas. Los nombres de otros azules que ya lo eran y también encontré en la explanada: Estela, Carlos, Mar. Los nombres de quienes me firmaron en la Facultad, compartiendo las experiencias, pues ellos viajaron con sus diócesis: Isa con la de Cuenca, Rafa con la de Zamora.

Aún conservo, con primor, recortes de prensa, hojas de oraciones, el libro del peregrino, la acreditación que os muestro... Y recuerdo con nitidez las horas en Cuatro Vientos, las músicas y reflexiones, los manguerazos de los bomberos para combatir el calor, aquel mejicano al que sentó fatal una horchata, los bocatas y las mochilas, las banderas y los cánticos, el momento de la llegada de la Cruz, y después la de Juan Pablo II (estuve a unos tres metros del Papa-Móvil), la oración común, el atardecer, el regreso al autobús mientras un coro de andaluces entonaba el Ave María y nos unimos a sus voces... Pensé que no disfrutaría tanto, que la multitud (fuimos setecientos mil) me agobiaría, o restaría intimidad y autenticidad a la vigilia, que tendría más de espectáculo de masas que de encuentro religioso, pero fue al contrario. Fuimos todos uno pero sin dejar de ser nosotros. Para poder ser testigos, antes testigo. Sin confundirnos. Porque el Señor pastorea todo el rebaño pero conoce y ama a cada una de sus ovejas.