
Ya sé que es de mala educación escuchar conversaciones ajenas, pero cuando una de ellas resulta ser la causante directa de indeseada vigilia en el autobús después de una guardia de órdago, creo que estoy libre de culpa. Medio adormilado, y repensando algunos momentos de la guardia, tuve que aguantarme la carcajada, dejándola en sonrisa a medio esbozar, mientras a mi espalda, sin ponerles cara, tres o cuatro jóvenes zamoranos en su fase de estudiantes de Salamanca narraban sus épicas búsquedas de piso, se preparaban para el trabajo de poner las viviendas a tono al tiempo que atacan las asignaturas pendientes en los exámenes de septiembre (que aún sobreviven pese a Bolonia) y, especialmente, adelantaban lo que va a ser su primera experiencia fuera de casa, a sesenta kilómetros de padres y novias. Aunque el cosmopolitismo de sus hogares, si logran que alcancen esa categoría, lo van a poner mejicanos y portugueses, no andarán lejos en locura, desorden y desconcierto de la barcelonesa
Auberge espagnole que describía la aventura
Erasmus de unos cuantos universitarios europeos. Mis compañeros de viaje, de todos modos, marchan por otra ruta, más a la salmantina, con su carga de tunantería incluida, si bien lo que era vino de taberna es ahora calimocho de bañera: sí, oí bien, llenaron una bañera de esa extraña mixtura de vino malo y vino con secreta fórmula de Atlanta para dar de beber a los sedientos noventa y siete invitados a una fiesta en lo que no se podría definir mejor que como "una casa de locos". Y ya que los sedientos eran hambrientos, fueron setenta las pizzas encargadas, plato alejado también de la tradición charra. Cómo no, pusieron en común sus opiniones sobre el numeroso género femenino avecindado en edificios próximos del barrio de San Bernardo, que tienen convenientemente situado y fichado. Hablaron luego de la
Play Station, de sus carreras, de sus recurrentes temas que me pillan algo mayor. Cascaban por los codos que no sé si han desgastado mucho delante de los apuntes este verano. Hablar por hablar. Y uno, que no se dormía, oyendo y a ratos escuchando. Sin ánimo de cotilleo. Mera curiosidad sociológica. Puro intercambio generacional.