
Todavía es viernes. Un suspiro de viernes último, de viernes víspera. Doloroso y ansiado. Casi sábado, es viernes. Me retiro con dolor de espalda y muchos ecos.
El eco de la tarde en que se lleva a la Virgen desde su camarín hasta su carroza, mientras se reúnen las chicas del Nazareno y Raquel y Esperanza limpian la mermada plata de la Dolorosa. Cuando llega y no llega la revista (¡ya ocho
Lignum Crucis!), cuando se abre y se cierra el baúl mil y una veces: "véndeme un escapulario", "vengo a por la medalla", "cóbrate las cuotas de la familia"...
El eco de nueve tardes de novenario, haciendo equilibrios en el reducido presbiterio de la capilla y llenando de oraciones los oídos de la Virgen. Las velas de Escudero. Las moniciones del Padre Fabriciano. Los chascarrillos de sacristía, especialidad de Don Pedro. La compañía y la amistad de Javi: "tú incensa, que yo toco las esquilillas". Las múltiples maneras de cantar el
Tantum ergo.
El eco del pregón de Antonio. El pregón de la casa, de los fabricantes de sueños y los añorantes de pasos y capuchones. El pregón venido en misión especial desde el otro lado del Atlántico para decirnos que la Semana Santa es también joven.
El eco de esta tarde de procesión. Sencilla, concurrida, de oscuro. La dalmática morada. El paso rezando avemarías. Los devotos mirando para atrás, comiéndose con los ojos a la Virgen. Como entonando una plegaria al mirarla mientras surcaba las calles estrechas. El eco de siete dolores que en estos cinco años ya han sido treinta y cinco razones para la oración. Hemos rezado con parroquias, con cofradías, con el Seminario y con Cáritas, con la Pastoral Universitaria y la de la Salud, con las familias y las comunidades religiosas, con todos los que algún año han querido hacer Iglesia con nosotros junto a María y junto a la Cruz. Iglesia en la calle. Salir al mundo y darle una Palabra de esperanza.
Pero el eco de esta noche ha sido el eco de Julián. Eco de una terraza con vistas puesta bajo el manto de la Dolorosa. Colli, y todos los que con él somos la casa de acogida, nos hemos sentido José de Arimatea y Nicodemo al poner en el regazo de la Madre el cuerpo sin vida del Hijo. Le hemos puesto a Julián, y a Jose, y a Azucena, y a Javier, y a Alfonso, y a Antonio... y a tantos otros. Ha sido en el paseo de las Úrsulas, sendero de entierros y semillero de primaveras, donde se acuestan los ecos derretidos de un viernes para dar gracias.