
Cuando planeo venir a Salamanca después de la guardia en Urgencias suelo hacer tiempo reponiendo fuerzas en la cafetería del hospital, comentando la jugada con algún compañero, o en la de la estación de autobuses, como hoy, desayunándome con la prensa del día. Sobre la barra, "El País", que explica pormenorizadamente el rechazo a la propuesta de Bush para afrontar la crisis y ofrece en portada el saludo de adhesión filial del presidente del Poder Judicial (que nombra el poder legislativo, en un alarde de separación de poderes) al Cardenal-Arzobispo de Madrid. Avanzando en el hojeo mientras vaciaba de café la taza, un artículo a toda plana, en página impar, cuyo título me atrevo a cuestionar con signos de interrogación y cuya lectura recomiendo, y facilito a través del enlace que encabeza la entrada.
Después de una intensa guardia de lunes en las Urgencias del hospital se ha hecho acopio de alguna que otra clave científica y bastantes enseñanzas del trato con la persona y del comportamiento humano. Pasa en todas las guardias y consultas, que el alma y la mente del paciente revelan más que el cuerpo, y que las vas conociendo mejor, pero como son tan insondables aún resta tanto para no perderse en ellas que el cuerpo y sus mecanismos, sin serlo, resultan hasta abarcables. Traes para casa bastantes satisfacciones y alguna decepción, que procuras ubicar en su justo lugar entre la rabia y la serenidad. Te planteas preguntas, te asaltan dudas, recurres a los principios y estableces alguna conclusión con aplicaciones prácticas para obrar mejor la próxima vez. En ocasiones, como ayer, tienes noticia directa y cercana de terribles sucesos que nacen de la desesperación o del relativismo moral, enfermedades que asolan a la sociedad de nuestros días hasta banalizar el don de la vida y acabar cruelmente con ella. Con una vida naciente, y con otra regalada con la Gracia de ser fuente de otras.
O con una vida crepuscular, quizá sufriente, pero no por ello indigna sino todo lo contrario: ejemplar. En junio y enero del año pasado ya me expresé sobre la eutanasia, y esta mañana, al reponer fuerzas después de la guardia, los compañeros Montes y Soler me han afianzado en mis posturas, que pueden ser equivocadas, como también las voluntades confundidas por el miedo al dolor o por el sentimiento de carga social o familiar que tantos enfermos y ancianos soportan. Querer morir es respetable, pero que dos médicos lo describan como voluntad inequívoca que respaldar legalmente ofreciéndose como mediadores necesarios me inquieta. Médicos que entendemos la vida como don del Altísimo, médicos ateos o agnósticos, veníamos conviniendo en el escrupuloso respeto a la vida humana hasta su fin natural, en rechazar medidas desproporcionadas para mantenerla artificialmente y en confortar al enfermo para que tuviera una verdadera eutanasia, buena muerte. Leer a Montes y Soler me descorazona y me preocupa, pero aún más me motiva a perseverar en el aprendizaje con la vista fijada en la pintura de Picasso, espejo fiel de tantos momentos: Ciencia y Caridad.
Después de una intensa guardia de lunes en las Urgencias del hospital se ha hecho acopio de alguna que otra clave científica y bastantes enseñanzas del trato con la persona y del comportamiento humano. Pasa en todas las guardias y consultas, que el alma y la mente del paciente revelan más que el cuerpo, y que las vas conociendo mejor, pero como son tan insondables aún resta tanto para no perderse en ellas que el cuerpo y sus mecanismos, sin serlo, resultan hasta abarcables. Traes para casa bastantes satisfacciones y alguna decepción, que procuras ubicar en su justo lugar entre la rabia y la serenidad. Te planteas preguntas, te asaltan dudas, recurres a los principios y estableces alguna conclusión con aplicaciones prácticas para obrar mejor la próxima vez. En ocasiones, como ayer, tienes noticia directa y cercana de terribles sucesos que nacen de la desesperación o del relativismo moral, enfermedades que asolan a la sociedad de nuestros días hasta banalizar el don de la vida y acabar cruelmente con ella. Con una vida naciente, y con otra regalada con la Gracia de ser fuente de otras.
O con una vida crepuscular, quizá sufriente, pero no por ello indigna sino todo lo contrario: ejemplar. En junio y enero del año pasado ya me expresé sobre la eutanasia, y esta mañana, al reponer fuerzas después de la guardia, los compañeros Montes y Soler me han afianzado en mis posturas, que pueden ser equivocadas, como también las voluntades confundidas por el miedo al dolor o por el sentimiento de carga social o familiar que tantos enfermos y ancianos soportan. Querer morir es respetable, pero que dos médicos lo describan como voluntad inequívoca que respaldar legalmente ofreciéndose como mediadores necesarios me inquieta. Médicos que entendemos la vida como don del Altísimo, médicos ateos o agnósticos, veníamos conviniendo en el escrupuloso respeto a la vida humana hasta su fin natural, en rechazar medidas desproporcionadas para mantenerla artificialmente y en confortar al enfermo para que tuviera una verdadera eutanasia, buena muerte. Leer a Montes y Soler me descorazona y me preocupa, pero aún más me motiva a perseverar en el aprendizaje con la vista fijada en la pintura de Picasso, espejo fiel de tantos momentos: Ciencia y Caridad.