
En su última carta, el Obispo de Salamanca anuncia la cesión del templo de Santa María de los Caballeros a la Iglesia ortodoxa rumana para constituir una parroquia que congregue a los muchos cristianos de esa confesión que viven en la ciudad y provincia salmantinas. Algo intuía, pues hace unas semanas, concretamente aquel
sábado con luz de domingo, nos sorprendió encontrar abierta esta capilla y entramos. Un hombre joven ataviado de negro parecía preparar un culto próximo en rito diferente al romano y sobre un altar lateral se podían ver folletos en alfabeto cirílico, de ahí que dedujéramos que seguramente el culto sería ortodoxo (pero no rumano). Se confirma la intuición y con ella la alegría por recuperar para uso religioso este edificio tan céntrico, con resonancias de siglos, que seguramente precise una pronta restauración (¿quedará exento?). Los rumanos ortodoxos podrán ser atendidos pastoralmente, la Diócesis da un paso en el camino del ecumenismo y Salamanca avanza, esperemos, en la recuperación de un espacio monumental. Entrar la otra mañana en Santa María de los Caballeros y leer luego a Don Carlos me han despejado una incógnita, pues desconocía si este templo dependía del Obispado, del Ayuntamiento, de Caja Duero, del Colegio de Arquitectos de León, de la "casadera" Duquesa de Alba… Parece clara la propiedad diocesana, que no sé si es reciente o viene de antiguo. Siempre la conocí cerrada y hace tiempo que no entraba a las exposiciones y conciertos allí celebrados. Eran sus tapias, lo siguen siendo, portería improvisada de los aspirantes a futbolistas que corren tras la pelota justo donde se abre el Paseo de las Úrsulas, bajo la atenta mirada de Don Miguel, o desatenta, pues no le imagino muy futbolero. Son sus puertas metálicas, antesala del pórtico, un atentado estétic

o, quizá necesario. Es el ventanuco de su pared balcón al que asomar la curiosidad y buzón donde echar la plegaria a franquear en destino. Es el ventanal de su retablo mayor preludio de la última calle de la procesión, antes de doblar la esquina y descubrir los brazos abiertos del unamuniano y, por eso,
“humilde, pobre hermano, santo Campo de San Francisco”. Es el enclave tímido donde, desde ahora, vuelve a celebrarse la fe en Quien ora para que seamos uno, como el Padre y Él son uno,
“para que el mundo crea”. Alguien lanzó la idea de hacer de Santa María de los Caballeros el salón de los pasos de la Semana Santa, el sitio donde reunir y mostrar esos pocos grupos escultóricos e imágenes de nuestra Pasión que no gozan de altares todo el año, porque se pensaron para la catequesis de la procesión. No un museo que nunca se termina de proyectar y que no me convence, sino ese lugar común donde confluyera la Semana Santa salmantina, cercano a sus escenarios más señeros y en pleno corazón del casco histórico. Idea en el aire y pendiente de que alguien la recoja, como tantas otras. Yo soplaré lo poco que pueda soplar para que aterrice en buena pista.