
viernes, 31 de octubre de 2008
Una guardia en la mochila

martes, 28 de octubre de 2008
La bodega del Serafín

domingo, 26 de octubre de 2008
A las tres fueron las dos

domingo, 19 de octubre de 2008
Rodar las ciudades

sábado, 18 de octubre de 2008
Javier

miércoles, 15 de octubre de 2008
El patio del convento

domingo, 12 de octubre de 2008
Quem não viu Lisboa, não viu cosa boa
La osadía de pasar siete más siete, catorce horas en el SudExpress, mereció su recompensa en forma de una ciudad tan deliciosa como los escaparates de sus pastelerías. Lisboa, hecha a medida de los golosos y los curiosos, de los que gustamos de pasear y mirar para ver, elevada sobre el pasto de las llamas, el epicentro de los seísmos y la nostalgia de los imperios. Altiva, pero tan sencilla, que enamora por lo oscuro de sus noches y lo luminoso de sus días, recordados para siempre. Arriba y abajo los pasos por las siete colinas que la vieron nacer y la ven renacer con el ir y venir de sus gentes, bulliciosa marea que el Atlántico acuna en el e
stuario de un río que empieza a latir en el corazón de la Iberia. El puente tendido entre el pequeño Portugal y las tierras lejanas que sedujeron a sus navegantes intrépidos, nombrado con el día en que los claveles hicieron la revolución: fue en abril, cuando los sueños se eternizan en realidades. Los arcos robados a la piedra del Monasterio de los Jerónimos, inventados, inverosímiles, sucesivos triunfos del genio brotado de la fe, para hacer de la belleza la mejor ofrenda que los hijos pueden presentar a su Padre. La majestad palaciega de Sintra, que salpica la montaña verde de los reyes lusitanos y en días grises de lluvia vuelve más verdes aún los ojos que la contemplan. Más verdes y más hermosos. La gótica esbeltez de Belém, torre del homenaje a la historia, Tur
ris Fortissima que hermana las aguas dulces y saladas con la sombra de su fortaleza. Los adoquines claros y oscuros de las irregulares aceras, a un lado y otro de las calzadas donde abren brecha los raíles del amarillo tranvía, músico callejero por todas las esquinas. Lisboa, nueva postal para el viejo corcho, nueva inquilina del tercer cajón, cosa boa que hay que mirar para ver, y pasearla para quererla, y probar en la dulzura de los escaparates de sus pastelerías, y en sus douradas grelhadas, y en su vinho verde, que en noches de luna creciente vuelve más verdes aún los ojos que la contemplan. Más verdes y más hermosos.
viernes, 10 de octubre de 2008
Tontos de capirote

domingo, 5 de octubre de 2008
El tren de las 4.51

miércoles, 1 de octubre de 2008
Iubilare


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